La lluvia llegó justo cuando Fobia desató la primera gran catarsis de la noche. Apenas comenzaron con el ritmo de Veneno vil, el escenario principal del Festival Vive Latino 26 se convirtió en un coro multitudinario. Las maracas marcaron el ritmo mientras Leonardo de Lozanne apareció frente a un mar de celulares levantados. Entonces ocurrió algo extraño y perfecto: el público, la música y las gradas parecieron latir al mismo tiempo. Cuando llegó Dos corazones la euforia ya era incontenible. En ese instante el estadio pareció convertirse en un solo organismo: algunos cerraban los ojos mientras cantaban, otros levantaban los brazos como si quisieran sostener el momento. Los olores del festival se mezclaban —comida rápida, cerveza derramada, protector solar— y ese aroma indefinible de multitud que sólo aparece cuando miles de personas comparten el mismo entusiasmo. Post navigation ‘Una batalla tras otra’, gran ganadora en los premios Oscar Tom Morello levanta la voz contra Trump y el ICE